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El tlacuache y el fuego.

En un principio, la única persona que tenía el fuego era Nachja Lisabe o Chjinga Sabe (Vieja Isabel), como se le conoce en diferentes partes de la región. Esta mala señora tenía el fuego y no lodaba, mientras los hombres y animales morían de frío, en tanto que Nachja Lisabe disfrutaba del calor del fuego y se reía al observar como iban muriendo los hombres y animales. Un día el hombre llamó a todos los animales para plantearles como le harían para robar un poquito del fuego que tenía la vieja Lisabe, pero había un problema: nadie quería ir, y entonces lo sometieron a votación y por unanimidad votaron por el tlacuache, ya que era el animal más inteligente y astuto.

El tlacuache entonces se dirigió a la casa de Nachja Lisabe, pero al pasar por el camino, vio una maravillosa laguna, agua derretida del hielo, por lo que se aventó al agua y al salir de ella, salió empeñadísimo y temblando de frío.

Así llegó hasata la gran cueva y morada de Nachja Lisabe, tocó la puerta muchas veces, hasta que por fin apareció la mala señora que le dijo, ¿Qué buscas aquí apestoso animal? ¡lárgate, ve a molestar a otra parte que en esta casa no eres bienvenido!. El tlacuache temblando de frío y apenas como si podía hablar le dijo: tía, por favor, déjame calentarme un poco de tu fuego me estoy muriendo, y de tanto insistir por fin la señora le dijo:

“Entra, pero no se te ocurra acercarte mucho a mi lumbre porque si no, aquí mismo te tuesto”.

“Está bien tía”, dijo el tlacuache que se sentó en un rincón lejos del fuego. Al entrar a ese lugar por fin sintió el calor del fuego. Ahí estaba el fuego en el piso, ¿tiene vida?, ¿cómo se mueve?, pensó entre sí el tlacuache porque vio como se movía, y el estaba prisionero y quería salir de ese lugar sin duda, mientras la vieja Lisabe se sentó a sus anchas.

Observó como la vieja alimentaba el fuego aventándole olotes que rápido los consumían, quedando las puras cenizas. El tlacuache se sintió arrullado, pronto cayó en un profundo sueño y empezó a soñar, y que la vieja Lisabe le decía: “que bueno que viniste te voy a convertir en un ser humano y te pondré el nombre de Pedro. Olvídate a qué viniste a este lugar”, y entonces escuchó que le decían “no nos dejes, míranos,  ¿no ves que nuestros hijos y mujeres se mueren?.

Eran sus hermanos que le pedían auxilio. Entonces de un sobresalto despertó de este profundo sueño en que había caído, y mientras Nachja Lisabe al ver dormir al tlacuache se contagió y se durmió. Este era el momento, dijo, y fue así que lentamente se acercó al fuego, pero había un problema: ¿en dónde iba a llevar el fuego?. Se volteó a ver si encontraba algo, y accidentalmente cayó su cola al fuego. Entonces dio un fuerte grito y salió despavorido de ese lugar con su cola en llamas e incendiando todo lo que encontró a su paso, y de esta forma logró esparcir el fuego por toda la tierra.

Información compartida por: Isnardo Terán Juárez

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Etiquetas: Leyenda, Maztecos, fuego, tlacuache

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